Educación de mujeres: significar la diferencia sexual
Remei
Arnaus
Profesora de la Facultad de Pedagogía y Vicedirectora
del Centre de Recerca de Dones DUODA de la Universitat de
Barcelona
La educación de mujeres adultas hoy, encierra, para
mí, algunas paradojas. La más importante es
como a lo largo de 20 años de políticas de
Igualdad de oportunidades de mujeres y hombres se han puesto
en marcha planes, programas, recursos y prácticas
para favorecer una educación para la emancipación
de las mujeres sin que ello, se traduzca en más libertad
femenina. Cuando hablo de libertad femenina hablo de algo,
viejo y nuevo a la vez, que algunas mujeres percibimos diferente
a lo que se suele entender como “emancipación
de la mujer”. Para mí la idea de emancipación
encierra una parte de trampa, que es la misma que percibo
en la orientación educativa de la mayoría
de programas para mujeres con esa finalidad. Pienso que
la idea de emancipación nos remite a la lucha feminista
por los derechos de la mujer, en los años sesenta,
en la que se defendía la liberación de un
rol social establecido por el patriarcado. Desde esta perspectiva
muchas mujeres feministas iniciaron, por un lado, los estudios
de género para dar cuenta de lo que (in)significaba
ser mujer en una sociedad patriarcal; y por otro lado, la
política de reivindicación de derechos para
la igualdad entre mujeres y hombres. Quiero reconocer que
para mí han sido importantes las reflexiones y análisis
que las mujeres, desde los movimientos feministas para la
igualdad entre los sexos, han aportado y me han ayudado
a entender cual es la construcción social, construcción
interesada del patriarcado, de lo que “significa”
ser mujer. Pero no me basta, precisamente porque he entendido
desde mi propia experiencia de madre, hija, profesora de
universidad, amiga… y también desde las aportaciones
del feminismo de la diferencia sexual que emancipación
y libertad femenina es diferente.
¿Cúal es para mí la disyuntiva entre emancipación y libertad? Considerar que a las mujeres sólo nos constituye lo que se construye socialmente, y por tanto entender que si somos producto de una construcción podemos liberarnos de ella si luchamos por ello. Pensar que el problema de todos los males y discriminaciones es ser “género femenino” es, para mí, desvelar parte de la experiencia de las mujeres, pero no toda. Porque las mujeres no sólo somos uno de los dos géneros —parece que sólo haya uno, porque siempre se habla en singular—, sino también uno de los dos sexos.
La dicotomía entre género y sexo se puede rastrear históricamente. Con los estudios académicos del género y de la teoría feminista de los años 70 en el ámbito de la lengua inglesa se inició el camino de una ruptura: la distinción entre sexo y género. De este modo la palabra género desplazó a la de sexo, y así, los estudios sobre y de las mujeres se denominaron los estudios de género. Estudios que más pronto o más tarde, según la ideología de los gobiernos europeos, influyeron en las políticas educativas. Algunas feministas, hoy, han percibido esa ruptura, como por ejemplo, Ana Mañeru cuando afirma: “…hoy me resulta fácil entender que la palabra género más que desvelar realidad dificulta la comprensión del presente. Se ha producido un desplazamiento no inocente en el significado de este término, de forma que ha ido ocupando progresivamente el espacio de la palabra sexo, hasta llegar a sustituirla en muchas ocasiones en las que no toca sustituirla”.
Pienso y siento que al desplazar la palabra sexo se negó el significante que llevaba incorporado el cuerpo-sexuado, un cuerpo que nos habla del cruce de significados múltiples entre lo biológico- lo psicológico- lo social. Siento que la experiencia de vivir en un cuerpo sexuado, de mujer y de hombre, no es muda, ni puede enmudecerse, porque expresa sentido, sentimiento, conocimiento, deseos y palabras propias y éstas deben ser, a mi modo de ver, escuchadas, no ahogadas ni negadas justificando que el cuerpo puede reducirse a categorías construidas socialmente. Para mí la perspectiva de género encubre una trampa, encubre la negación del cuerpo, del sexo y esto supone negar la diferencia sexual femenina y masculina, diferencia humana fundamental, diferencia original —nacemos mujer u hombre— y que, a mi modo de ver, no puede ser identificada con cualquier otra diferencia de la diversidad de experiencias humanas -raza, clase social, religión, etc.-. Mi diferencia sexual, mi ser mujer, me abre a una experiencia y por tanto a un saber y a un conocimiento, propio de las mujeres, derivado de la posibilidad constitutiva de ser dos, es decir: de engendrar, cuidar, respetar y sustentar la vida. Un saber y conocimiento sobre la vida negados, invisibilizados -no nombrados- y en muchos casos usurpados por los hombres. Y por eso entiendo que no puede haber libertad femenina sin sujeto, sin un ser que no signifique su diferencia sexual, sin un ser sin deseo de nombrar en femenino el mundo y su estar en él.
Desde el horizonte de la diferencia sexual puedo ver más y mejor lo que significa mi ser mujer porque esta mirada me señala lo que existe por sí mismo, lo vivo, lo real, y esto es necesario e importante porque desde la perspectiva de género sólo se percibe ser mujer de manera reducida —se mira lo que falta y lo que sobra—, pero no dando significado a lo que también late y vibra con vida propia. Y lo que late de manera propia es lo que muchas veces se resiste a la homologación con los patrones masculinos. Hablo de una forma de ser y estar en el mundo que se nos revela cotidianamente una y otra vez diferente al ser y estar de los hombres y no sabemos verlo, o lo insignificamos o lo minusvaloramos. Hablo de los saberes y conocimientos que siempre las mujeres en todos los tiempos y en todas las comunidades han aportado: un saber hacer amplio y abierto que descubre una manera de estar en el mundo, un hacer civilizador, y por tanto educativo, puesto que crean vida, dan palabra y dan cultura. Una cultura marcada, necesariamente, por el vínculo de la relación, un vínculo que tiene su origen, en el momento mismo en que se origina la vida, en la primera experiencia de relación que tenemos cuando nacemos niña o niño, el primer intercambio materno-filial.
Hablo de una cultura que no tiene precio
y que no esta sujeta a las leyes del mercado y no lo está,
tampoco, a las dicotomías y antinomias del pensamiento
masculino dominante que se revela una y otra vez simplista,
uniformizador, competitivo… Hablo de una cultura,
por tanto, que va de la experiencia a la palabra, del dentro
al fuera, del cuerpo al pensamiento, de la inteligencia
a la emoción, de la razón a la vida y también
al revés. Hablo, pues, de un saber no homologable,
un saber femenino que se transmite de mujer a mujer, y que
es necesario nombrar para significarlo. Un saber hacer y
estar que los hombres han recibido y reciben generosamente
y, la mayoría, lo olvidan. Saberes que reconozco
en mí y en las demás mujeres, sean alumnas,
profesoras, madres o no, amigas. Pero a su vez, es una cultura
femenina que no está simbolizada libremente porque
no se nombra, no se reconoce como tal, porque la palabra
reconocida socialmente, simbólicamente, no tiene
voz propia en femenino. Y tampoco no deja reconocerse como
tal porque el capitalismo es el aliado perfecto para que
esa cultura que no tiene precio se disuelva. Así
lo escribe Luisa Muraro con esas palabras: “La
potencia del capitalismo, casi diria su vocación,
es la de disolver todos los vínculos indiferentes
u opuestos a la finalidad del lucro. La relación
materna es uno de esos vínculos, el más potente,
en realidad.. El capitalismo, ahora que el patriarcado ha
terminado, no soporta -esta es mi hipótesis- ni la
potencia ni la gratuidad de esta relación primaria,
desconocida y, sin embargo, sabia -es ahí donde aprendemos
a hablar-, intensa y no gobernable, que es la relación
materna. No la soporta porque no es intercambiable más
que por amor, no es monetarizable. Pues por ahí no
pasa dinero sino amor y odio, los extremos de la vida. Y
como el capitalismo está en pleno triunfo, tiende
a destruir lo que no puede comprar”.
Tal es el malestar que están expresando muchos cuerpos
y sentimientos femeninos, porque sus deseos no son decibles,
porque su sentido del vivir es de otro orden que no tiene
nombre. Y el sentido de libertad femenina también
es de otro orden, porque hay una realidad más femenina
que masculina que está fuera del orden de las cosas
dadas. Me apoyo de nuevo en las palabras de Luisa Muraro
para explicarlo: “Fuera
del orden de este mundo está la libertad que se gana
con la modificación de sí en el intercambio
con lo otro de sí. Fuera pero no lejos; cerquísima,
en realidad, de hecho te la encuentras de pronto más
allá de ciertas negaciones, de ciertos bloqueos,
de ciertas irritaciones, de ciertos silencios. libertad
genuina, contingente, sorprendente…”.
Por ello, para mí es necesidad y deseo como mujer profesora, amiga, madre etc. no sustraer esa experiencia, esos saberes, esa cultura a mis alumnas en la universidad, a las madres, a las amigas y, en general, a la relación entre mujeres. Por eso yo he entendido que nombrar lo que es mi estar en el mundo sólo es posible si recupero esta mirada, esta cultura femenina que me devuelve a mi lugar; un lugar donde puedo unir mi razón y mi vida, mi decir y mi hacer. Un lugar donde puedo reconocer otros deseos femeninos y que afirmándolos también afirmo mi propio deseo.
Por ese convencimiento pienso que es insuficiente visibilizar y dar valor a las mujeres ilustres en la historia, en la música, en la política, en la economía, etc. porque es un reconocimiento dentro del orden establecido, ganada por una política de reivindicación de derechos; pero no me basta, porque no va acompañado de un reconocimiento real del “ser mujer por sí misma”, sino por hacer lo que los hombres han valorado socialmente. Por eso, ese orden dado masculino y capitalista sigue valorando, una invención del saber y del conocimiento ajeno al saber cotidiano pegado a la vida y a la palabra de quien la crea, y quizá por eso, el conocimiento masculino despegado del sentido de la vida ha diseñado formas cada vez más sofisticadas para matarla.
¿Qué implicaciones educativas nos plantea partir de la diferencia sexual?
Como se puede imaginar, no tengo la respuesta-receta a la medida de todas las mujeres, porque la respuesta sólo puede estar en manos de quien la busque, de quien se arrriesgue a interrogarse, a comprender más allá de lo dado, a re-conocer de nuevo algo que ya está en la experiencia viva y pueda desafiar al orden simbólico establecido. Yo voy descubriendo mi camino iluminado por esa nueva-vieja mirada y lo que encuentro es un sentido vital y profundo que sólo puede desplegarse en la práctica de relación con otras y otros; Una práctica de relación que engloba un sentido de afirmación de sí a través de la afirmación de otras y otros; Una práctica de la relación en que se deja lugar al saber que se sabe. Esta expresión está tomada del libro de Anna M. Piussi i Letizia Bianchi y la definen de esta forma: “saber que se sabe no implica una presunción de omnipotencia cognoscitiva, sino que traduce un salto de conocimiento: la toma de conciencia, todavia súbita, obtenida en la relación política entre mujeres; de la necesidad de disponer de una simbologia propia y de una mediación femenina para estar con sabiduría en la realidad… Se trata, pués, de la conciencia de un saber nacido de la práctica política de referencia con otras mujeres, y que se produce recurrentemente al interrogarse por el sentido de sí, por la acción propia y por el sentido del mundo”.
Para mí interrogarse por el sentido
de sí, por la acción propia y por el sentido
del mundo es una finalidad-necesidad en la educación
de mujeres porque es una forma de hacer política
de lo simbólico, una nueva manera de hacer política
que incorpora el ser mujer por sí misma y no mediada
por lo que otro orden simbólico, el masculino, ha
decidido que fuera.
Eso significa que el proceso educativo lo entiendo como
una práctica de relación que no niegue lo
que llevamos cada una ni el deseo de llevarlo. M. Milagros
Rivera me ha sugerido esta idea y me gustan las palabras
que ha encontrado para contestarse la pregunta que sigue:"¿Qué
es lo que traemos y llevamos las mujeres? En primer lugar,
la palabra, la lengua que hablamos: esa lengua que se llama
lengua materna y que, incivilmente, llaman ahora algunos
primera lengua. ¿Cómo la hacemos arraigar
en los sitios en los que nos quedamos? Dedicándole
tiempo, dándole tiempo a la relación con otras
y con otros; a la relación porque sí, por
el gusto de estar en relación. Palabras y tiempo
-dos elementos de lo más divino que hay en la criatura
humana - son, pues, dos cosas clave que las mujeres llevamos
con nosotras y dejamos en los lugares en los que arraigamos:
transformándolos radicalmente cuando esos dos dones
divinos son acogidos por la gente del sitio, por la gente
nativa del lugar de llegada". Estas ideas me
hacen pensar que el espacio educativo sea un lugar de acogida
de esa habla, de esa cultura que llevamos y traemos las
mujeres. Pienso en mis propias clases en la universidad
y cómo voy tejiendo un proceso educativo que sea
fiel a una experiencia de relación -sentida y vivida
desde que nacemos-; una fidelidad a saberes y a conocimientos
que tengo como mujer y que reconozco a las mujeres porque
son mujeres; una fidelidad que me conduce de mí a
las otras y a su vez de las otras a mí; una fidelidad
que me autoriza a decir el mundo, a decir el sentido de
mi existencia en el mundo. Hablo de una fidelidad que necesita
de las otras para hacerse visible, del reconocimiento de
las otras y a las otras mujeres que se piensan y actúan
fieles a sí. Es desde ese reconocimiento desde donde
he comprendido el sentido de la mediación femenina;
mediación necesaria para crear y reconocer orden
simbólico. Un orden simbólico que no deja
al margen el orden simbólico de la madre creadora
de vida, de la mujer real -madre o no, pero siempre hija-
que su cuerpo le señala la capacidad creadora de
mundo, y por tanto capacidad para crear las palabras para
decir el mundo entero.
Pensar una educación desde la diferencia sexual es crear una nueva relación de amor con el saber, con el saber que está relacionado con el deseo, con la vida real, y por tanto con quien desea -porque el deseo sólo puede existir encarnado-. Por eso rechazo la relación de poder en la educación porque no tiene sentido para mi mediación educativa y sí en cambio la autoridad que no se asimila al poder. La autoridad femenina, —porque yo ahora sólo puedo hablar de ella marcada en femenino—, me está mostrando el camino de ser más fiel a mí misma. Yo deseaba que las alumnas y los alumnos en la universidad descubrieran su deseo de aprender, de decir… Pero el deseo no cabe en una estructura de poder porque lo ahoga, como ahoga el pensamiento vivo, como ahoga la pregunta, como ahoga el decir en primera persona la experiencia femenina y la experiencia masculina personal e irreductible… Necesitaba otra medida de relación y ésa me la está dando la autoridad. Hablo de la autoridad que abre espacios de libertad, que abre espacios de relación; de una relación que posibilita la mirada al propio deseo, la mirada al propio mirar… Una autoridad que se basa en el cuidado y la confianza para que quienes estemos en el aula podamos descubrirnos no como objetos sino como seres agentes de saber, de palabra, de cuerpo y por tanto agentes de deseo. Esta idea sobre la autoridad relacional en la educación también la encuentro reflejada en las palabras de Núria Pérez de Lara cuando explica: “Hablo de una autoridad basada en el deseo de ser y no en el deseo de tener; es decir, basada en ser autoras y autores de nuestras prácticas en las instituciones educativas y no exclusivamente basada en tener una función reproductora de prácticas dadas por los establecimientos educativos. En definitiva, se trata de una autoridad que sólo nos es dada en la medida en que nos convertimos en sujetos protagonistas de nuestra acción educativa, que consiste en despertar la capacidad de ser sujetos en nuestro alumnado” De lo que estoy hablando es de algo que en cada clase, en cada práctica de relación con las alumnas, me da ibertad de decir por mi misma el mundo y no siento la violencia simbólica de esconderme. Y así, a su vez, puedo ser un espejo para que ellas puedan decir y no sientan tampoco la violencia que supone esconderse. Sin embargo, en este proceso, me he dado cuenta de cómo la violencia simbólica ha impregnado tanto nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestro estar en en el mundo; porque ellas sienten, como yo también he sentido, malestar, incomodidad, dolor, incluso rabia, en el proceso de destaparse, de decirse porque les anuncia que hay otras maneras de estar en el mundo, otras maneras de entender y vivir la relación educativa; otras maneras de relación olvidadas como se ha olvidado la cultura femenina original que nos enseña la madre.
Decirse, descubrirse para mí es poner en el centro de la clase mis saberes, mi experiencia de alumna, de profesora, de madre, de hija, no como rol sino rescatando aquel saber que se sabe, que he dicho antes, de ser madre, hija, profesora, alumna; rescatando los saberes que no roban nuestra autoridad porque voy aprendiendo a no delegarla sino a reconocérmela porque es la forma que sé ahora de posibilitar que las alumnas reconozcan sus saberes y los míos, también, sin necesidad de velarlos ni esconderlos. Por eso la experiencia de partir de sí es una medida para mi relación educativa. Anna M. Piussi explica que en el proceso educativo “se trata de dar dignidad científica, dignidad de saber a este registro que es partir de sí, integrándolo como forma de conocimiento y comunicación de una realidad más amplia, sin perderse lo que simboliza la experiencia ligada al contexto. Seleccionar los caminos emblemáticos, las escenas significativas; mostrar aquello esencial de la experiencia, es apostar por el sentido, es ejercitar “la autoridad”. A partir de valorar la experiencia propia y la de otras y otros es posible desprenderse de saberes preconstituidos y modelos preconcebidos desde el exterior. Anna M. Piussi afirma que las mujeres que han experimentado lo que significa partir de sí superan el sentimiento de inadecuación, o falta de autoestima y empiezan a tener la fuerza necesaria para hacerse sujetos pensantes respecto de su propia actuación y empiezan a interrogar y a juzgar desde una mirada propia las cuestiones relevantes de nuestro tiempo.
Por eso defiendo una educación de y para las mujeres donde no nos sintamos humilladas ni huerfanas porque se niegue nuestra palabra y nuestro saber; más bien pienso en un espacio educativo acogedor de lo que se muestra vivo y donde el deseo sea percibido y escuchado. Pienso en un lugar para vivir un tiempo significativo de relación que, como dice M. Milagros Rivera, es tiempo para estar abiertas a la posibilidad de los momentos de ser. Y también pienso en un lugar y en un tiempo donde se invite a vivir el amor al saber de la experiencia ya que tanto la relación como la experiencia de sí son la medida para interrogarnos sobre el mundo, y nuestro sentido de vivir el mundo. Desde ahí entiendo el sentido profundo de partir de sí, pero no un partir de sí, como dice Núria Pérez de Lara, tratando de encontrar la autenticidad inmaculada y verdadera de mi esencia, sino iniciar algo, o mejor aún, hacerse inicio. No expresarse, sino ponerse en juego en una realidad, haciéndola ser y, de este modo, haciéndose ser.
Este es el camino que yo misma
estoy recorriendo, un camino que es la misma meta, un camino
que no es más que estar en el camino, porque es el
mismo estar lo que tiene sentido. Un sentido que me lleva
a partir de mí al encuentro con otras y otros, al
encuentro con el mundo, en este caso el mundo de la educación;
un mundo que miro en femenino y por eso necesito la mediación
femenina para estar en él como mujer; y si estoy
en él con libertad femenina es cuando mi decir tiene
autoridad. Y son estas pistas las que me están ayudando
a ser más fiel a mí misma y al orden simbólico
de la madre; porque la relación educativa, como yo
la entiendo, forma parte de este orden que indica otro estar
en el mundo, otro sentido de la vida. Otro estar y otro
sentido que prefiero al orden patriarcal que rige, todavía,
en las instituciones que ha creado como los centros educativos,
la universidad, pero que para mi ha fenecido porque se olvida
de quienes día día hacen de la educación
un lugar de cultura y de palabra y no un lugar de mercado
de intercambio de conocimientos por títulos.
